10 feb. 2014

Soñar al sol • Carla Peterson • Las Insoladas

Ribetes absurdos del tributo al bronceado relucen en Las insoladas, una comedia que se rodó durante 22 días, a principios del verano, en una terraza ardiente; Luisana Lopilato y Carla Peterson cuentan cómo fue exponerse tanto
Por Emilse Pizarro  | LA NACION




En los 90 se vivía diferente. Sin teléfonos celulares con cámara ni edificios de departamentos con SUM -salón de usos múltiples, ese en el que ahora se festejan los cumpleaños con todas las banquetas del mismo color; un avance para las fotos familiares-. Eran, sí, tiempos de menemato , 1 a 1, ficción económica y viajes caribeños. La creatividad de los edificios con amenities llegaría más adelante y con ella los guardias atrapados tras un escritorio y las terrazas con piscina. Antes de eso, los últimos pisos de las torres de Buenos Aires habían sido espejos de sol: un papel de aluminio enorme las cubría y le rebotaba el calor y la luz a la bola de fuego. "Terrazas no transitables", diría un colocador de membrana. El sol se vivía diferente.

Es 30 de diciembre de 1995. A dos días de Año Nuevo, es tan difícil escaparle al balance como al sueño del bar en la playa. En una terraza porteña seis chicas hacen su análisis. Ellas son parte de un grupo más grande que se extiende por todo un país: los no elegidos de un modelo económico. A ninguna le fue bien con los novios, ni el laburo ni con nada. Sólo les va bien con la salsa. Bailan salsa; así se conocieron. Tienen entre 25 y 35 años y sueñan con ganar un concurso de baile que les dará unas vacaciones en Cuba. No, mejor, no; mejor que sea quedarse a vivir en Cuba.

El plan nace y crece hasta niveles demenciales en un mismo día y un mismo lugar: una terraza del microcentro, una conservadora térmica donde el único color que apaga el brillante del plateado de la membrana son los hilos de alquitrán que unen los paneles. El alquitrán se usa para hacer asfalto, ese en el que se hunden las chapitas de gaseosas en las esquinas de los bares, cuando el calor mata. Ahí, entre las callecitas de mentira, las seis olerán chamuscarse y enloquecer para estar bronceadas, lindas.

Las insoladas es el film que Gustavo Taretto primero imaginó -e hizo- corto y ahora rodó largo, agobiante y prometedor: Luisana Lopilato, Carla Peterson, Violeta Urtizberea, Maricel Álvarez, Elisa Carricajo y Marina Bellati grabaron veintidós días al rayo del sol en una terraza de Doblas y Santander, en Caballito. La película, entera, pasa en esa terraza.

Taretto es un hombre reconocido de la cosa creativa publicitaria, pero hace rato que metió la nariz en el cine. Con Medianeras , el corto que hizo en 2005, ganó de todo, incluido el Clermont Ferrand, el premio más importante después de Cannes. Medianeras también se hizo largo y se estrenó en más de 30 países.

Taretto es justificación y remanso de obsesivos y, se estima, un dolor profundo para los que no soportan el detalle; Taretto es insoportablemente observador. Las insoladas nació un domingo a las 13, cuando pasó por Coronel Díaz y Las Heras y vio "un mundo de gente en una plaza que no tiene agua". El mundo tomaba sol, él los veía felices y se preguntó por el nivel de abstracción, cuán elevado debía ser para estar en sungas y mallas diminutas a tres metros de autos, jeans y urbe. "No estás mirando al mar, estás mirando a Coronel Díaz, tenés que abstraerte para imaginar que estás en una playa."

Se maravilló con un trabajo sobre el sol del fotógrafo inglés Martin Parr. Fotografió gente en la Reserva Ecológica y en Villa Gessell y Mar del Plata, observó las diferentes posturas para tomar sol, el ceremonial de las corridas de bretel, cada cuánto el protector solar, abrir y cerrar piernas. Girar. Y la pregunta que puede prescindir de signos de interrogación, porque qué yeite tenemos con el sol. Nos tiramos boca arriba, le damos la vena buena al sol como al laboratorista y hablamos con el de la lona de al lado en un guiño idiota constante; es imposible tener ambos ojos abiertos.

"Siempre sentí curiosidad mezclada con fascinación por la gente que se expone de esa manera. Tengo el recuerdo de ver a mis tías que se prendían fuego en la terraza, dedicaban todo un sábado al sol. Eso tenía una lectura de status , el que aparecía bronceado en julio se había tomado vacaciones en Europa. Y estaba asociado a la belleza: la mujer bronceada era más linda. Entonces ellas pasaban el sábado prendiéndose fuego con la esperanza de esa noche sentirse espectacular", cuenta el director.

La pauta de trabajo era que si había sol se filmaba, se embadurnaban con protector y se filmaba. El sueño de la iluminación -no hay un solo farol en toda la película- fue el infierno de 9 a 18, horario en que rodaban. Era diciembre y 2013, mes récord de calor en Buenos Aires. "Hemos tenido que esperar 50 minutos hasta que pase una nube", dice Taretto. La nube fue lo mejor que les pasó a las actrices. Peterson recuerda una escena en la que tenían que reírse sin parar y venían de filmar otra en la que se habían pasado tres horas sentadas con las piernas en posición de indios bajo del sol, porque en la película es un único día de sol, pero ellas ya iban por el decimoquinto y si bien la piel no acusaba un tono Liz Fassi Lavalle (icono del bronceado de la época en la que se desarrolla la historia) el estado de insolación sí estaba. "Uy, me salieron ampollas en la boca -decía una-. Otra se metía en Internet. Dolor de cabeza. Sed. Síntomas. Insolación", le cuenta la actriz a la Revista.

Ninguna de ellas desechó su papel, a pesar de las condiciones difíciles y de ser mamás hace poquito: Peterson filmó en bikini a menos de un año de haber parido y Lopilato, a los dos meses. Lopilato, que tiene 26 años y un cuerpo que de tenerlo todas las demás quisiéramos vivir en piel, no pudo escapar a la media: tenía miedo de que le hicieran planos de la cola, "porque me cuidé, bajé mis kilos rápido, pero hay cosas que la mujer naturalmente tiene: celulitis, el cuerpo sigue hinchado, retenés agua. Pero no importó: la película era contar lo que es real".

Hace poco, Antonio Gasalla reveló, cuando le diagnosticaron cáncer de piel, que en los años 60 "si no estabas bronceado, no existías", y que se fabricaba su propio bronceador. Hoy es dificilísimo de pensar, pero eso pasó también en los 70, los 80 y los 90; Coca-Cola, miel, aceite... Todo eso nos hemos puesto para broncearnos más. Peterson fue un poco más allá.

- Cromodine [remedio]. Cromodine le puse a la crema. Quería usar un vestido con escote en la espalda, me apliqué ese invento casero y estuve dos años con quemaduras. Una locura.


En la película se ponen un preparado casero, hecho con miel, aceite de oliva, limón y cerveza. No aparecen las pastillas para broncearse y el autobronceador que hacían que las palmas de las manos quedaran naranjas. Ésas surfearon los 80 y llegaron hasta los 90, momento en el que llegó el ataúd de luz y verano: la cama solar. Auge durante la adolescencia de Peterson: "Íbamos buscando cuál era la cama solar que más quemaba. Salió la Miami Sun no sé cuánto, le cambiaron los tubos y me re- quemé, buenísima ". Lopilato también probó: además de tomar sol en la Pelopincho de su casa de Parque Chas, iba dos veces por semana, porque "mi hermana iba, mi mamá iba. En mi casa lo viví como algo normal. Ahora no lo hago, me cuido. Era una locura lo que hacía de chica. A mí me salen pecas, cuando sea más grande creo que se me van a transformar en manchas".

"Todavía existe la mujer que toma cama solar antes de una boda", reflexiona Taretto, mientras que Peterson conecta en su cabeza con la serie televisiva Mad Men y cómo hacían las campañas de cigarrillos, y las embarazadas fumaban, y no se sabía lo que provocaba. Cómo todo pasa de moda y cómo estar quemado, muy, en los 90, era parámetro de belleza.

Esperar nueve meses por el verano, por una fotosíntesis humanoide. Estar más lindo, preparar el cuerpo. Pensar en cosas lindas y estar más alegre: para Taretto el sol tiene un efecto anestésico y/o "chocolate, que los relaja o les hace pensar en cosas buenas". Dice los y les porque él no soporta estar al sol así. Y además porque el ritual de mojar lonas y en grupo es casi exclusivamente femenino, por ende, ajeno.

También es imposible de entender para Michael Bublé, marido de Lopilato, quien estuvo presente en la filmación cuidando a Noah, hijo de ambos, y no quiere saber nada con el sol. Su idea -es canadiense- está más cerca del europeo, que espera el sol y celebra, pero no le ofrenda la piel, cosa más vista en los latinos.

Su mujer lo cuenta por Skype, desde Milán -lo acompaña a él en su gira europea- y dice que el final de este rodaje fue diferente al de otros trabajos: "La experiencia con Taretto fue genial. Pero no me agarró esa melancolía de que se terminaba, tan común, al contrario: no aguantaba más el sol, fue muy duro", cuenta y ríe.

El cineasta vuelve sobre el pensar cosas lindas. "De cada diez personas que conocés, ocho tienen problemas para dormir. Del sol nadie se queja. Ahí hay una cuestión de no pensar, es tirarse y poner la cabeza en blanco. Una especie de meditación involuntaria."

En la terraza de Vicky (Violeta Urtizberea), donde hay canilla, una pileta de lona mal armada y una manguera, el director plantea una escaleta térmica : a medida que sube la temperatura aumentan los temas de charla.

"Lo bueno que tiene el calor es que no te deja pensar", es la línea del corto originario que más gracia causó.

Sí, las insoladas van a concursar por su viaje a Cuba.


Retoque fotográfico Martín Sichetti y Diego Beyró
Fotos y retoque gentileza de rizoma films

Por La Nacion

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