24 nov. 2014

[NOTA | SCAN] Carla Peterson: "Tengo un gusto por la dificultad. Como actriz necesito ingresar en mundos donde algo me resuene, pero nada esté del todo resuelto" • Conversaciones • La Nacion

Por Víctor Hugo Ghitta

La niña tiene 6 años y está sentada sobre la falda de su padre en la cabina del avión que los conduce a Ushuaia. Con ojos de asombro observa el tablero de comando y el tintineo de las luces en los instrumentos de navegación y las bruscas aceleraciones de las agujas de velocímetros y altímetros. Mira ahora a través del amplio parabrisas de la nave que flota sobre un colchón de nubes que se le antojan parecidas a los copos del algodón de azúcar. El día es diáfano, la luz solar rebota en la nariz plateada de la aeronave y se filtra en su interior. La niña sonríe, tibia y segura en los brazos del padre, que es el dueño del cielo y por eso capaz de ofrecerle un puñado de estrellas cuando el vuelo ocurre en plena noche y, allí debajo, titilan las luces de las casas diminutas. Navegar el cielo, tocarlo con las palmas de las manos, sentirse libre en ese paisaje soñado montada sobre las alas de su padre.



Carla no tiene un recuerdo más feliz de su niñez, no encuentra días más luminosos que aquellos en que acompañaba al piloto de la Fuerza Aérea que cada tanto le regalaba la Luna para que ella volviese a enamorarse de él. Lo recuerda con los ojos húmedos, con esa tibia felicidad -con esa melancolía- que trae la memoria de una dicha que no volverá a ocurrir jamás. Hace cuatro años, cuando ella ya era una estrella de la televisión, el padre de Carla sufrió un accidente cerebrovascular. No puede hablar desde entonces, no puede siquiera pronunciar el nombre de su hija. Sólo puede cantar. Sucede algunas tardes, cuando ella lo busca para llevarlo a algún teatro: de pronto escucha la voz trémula de su padre -la sombra de la voz que la acunó durante la infancia- canturreando un tango o un bolero de otro tiempo. O en medio del silencio hondo escucha una o dos palabras sueltas temblando en la boca de su padre. Guapa. Carla jura que le dice guapa, y está bien que así sea porque el hombre que tantas noches le regaló la Luna quiere seguir enamorándola hasta el último día.

Guapa: eso es Carla Peterson. Desciende las escaleras con discretísima elegancia, da un beso y dice con frescura a quien acaba de conocer: "Te llevo en mi auto a pasear por Palermo". El verano se insinúa ya en las terrazas soleadas atestadas de jóvenes. Quince minutos después abre la puerta del departamento que comparte con su marido, Martín Lousteau, y su hijo frente al Botánico. "Aprovechemos que Gaspar está en la plaza", dice, disfrutando el placer breve e infrecuente de esa pausa.

El ambiente es hermoso. Ella prepara un té en la cocina de muebles blancos. Cuando ingresa al living el mundo se detiene un instante: camina con eso que en tiempos de Greta Garbo o de Ava Gardner se llamaba charme. Digámosle distinción. Sirve el té sin apresurarse, dice que cualquiera puede reconocer cuáles son los libros de la ordenada biblioteca que le pertenecen y cuáles son los de su marido. Hay una guitarra recostada sobre un sillón. Y plantas en el jardín de invierno contiguo, desde cuyo ventanal se percibe, en la lejanía, el río.

Carla se sienta, sirve el té y se dispone a entrever su historia en las brumas de la memoria.

- ¿De dónde proviene tu raíz italiana?
- Mi mamá es italiana. Nació en Sicilia, llegó acá a los 12 años. Hablaba en dialecto. Mi hermana se fue en 2000 con un italiano. Estudié el idioma, hice amigos en los primeros viajes. Descubrí el teatro en Italia. Cuando éramos chicos era importante hablar inglés. El italiano era apenas la lengua de los ancestros. Pero en algún momento de los años 90 descubrí el tiempo y la historia. El paso del tiempo. Roma me impactó. Era un mundo nuevo para mí. Vi mucho teatro allí, me deslumbré con la sonoridad de Shakespeare en italiano y con los teatros adonde habían trabajado Marcello Mastroianni y Vittorio Gassman. Antes, a los 18 años, había viajado a Nueva York para ver comedias musicales en Broadway. Fue fantástico, pero mi verdadero crecimiento como espectadora de teatro ocurrió en Italia. Vi el mejor Shakespeare de mi vida ahí. Y la ciudad, claro, con sus ruinas sorprendiendo a cada paso. La piedra, la historia, el pasado tan remoto. El Panteón, la Fontana di Trevi. Y el vértigo de la vida diaria, también, la ciudad con sus ruidos y su desorden maravilloso, con sus voces altisonantes, tan italianas.

- Eso se parece más a Alberto Sordi.
- Sí, claro. Después llegó el descubrimiento del cine italiano. Mi familia se había esmerado en evitar la melancolía cuando llegó a Buenos Aires, quizá como un modo de sobrevivir. Quisieron evitar los recuerdos, quizá sentían que iban a lastimarlos. Yo quise producir un reencuentro, quise entender cómo eran esas raíces.

- ¿Viajaste allí con tu madre?
- Viajé con mi madre, por supuesto. Fuimos al pueblo siciliano adonde ella nació, Pettineo, cerca de Cefalú. Una aldea pequeña de campo. Mi tío fue el proyectorista del cine de ese pueblito de Messina. Ese viaje lo hicimos mi mamá, mi hermana y mi madrina.

- Guapas.
- Sí, guapas. Un poquito Thelma & Louise, también. Viajamos las tres en un auto en medio del sofocante verano italiano. Nos peleábamos con mi hermana, qué chicas éramos. Mi mamá sufría tanto. No olviden, que este viaje nunca se va a repetir, nos decía. Ocurrirán otras cosas, pero ninguna será como ésta. Ese viaje clausuró en parte mi juventud. Después regresé a Roma cada vez que he podido. Un sentimiento muy fuerte me impulsa a regresar a esa ciudad.

- ¿Seguís viendo teatro italiano?
- Llegué en el último momento del gran teatro italiano. Después hubo salas tomadas, poco financiamiento. Y un teatro muy comercial. He llevado al teatro a mis amigos italianos cuando visitaron Buenos Aires. Los deslumbra que aquí se junten cuatro actores y hagan una obra de teatro. Aquí sigue habiendo muchas ideas, conseguimos filmar a pesar de todo. Ahora hay mucho apoyo oficial, es cierto. Y está muy bien que así sea, pero yo a veces añoro esas épocas de crisis en las que llenábamos una sala en el Abasto. Había un sentido de la épica. Ahora estamos un poco malcriados.

- La épica de la escasez.
- Sí. Yo entendí qué era ser un actor cuando ingresé a la Compañía Shakespeare, el grupo de teatro de Miguel Guerberof. Tenía 19 años. Había estudiado antes con Raúl Serrano y otros maestros. Pero Miguel terminó siendo más que eso: un amigo. Murió muy joven, todo le costó tanto que tal vez ese esfuerzo en parte se lo llevó. Me hizo entender cómo vive un actor. No en el sufrimiento. Era vitalidad pura. Y me alenataba siempre a que trabajase en la televisión, sin prejuicios. Ahí entendí qué es ensayar y qué es una compañía de teatro; aprendí a leer un texto. La primera vez que fui a ver una obra fue en el Payró. Era La oscuridad de la razón, de Ricardo Monti, con Miguel, Leo Sbaraglia, Rita Cortese, Victoria Innocenti y otros. No entendí la historia, recuerdo no haber comprendido del todo su significado, apenas tuve algunas intuiciones. Pero estaba raramente feliz porque había descubierto algo que me resultaba a la vez familiar y extraño. Algo que provocaba sensaciones desconocidas en mí. Las voces aullando, el humo cubriendo el piso, un puñal clavándose en la espalda de una mujer... El drama escénico, la magia del teatro. Entré a un grupo de principiantes y muy pronto, en cuanto me topé con un Beckett, supe que me faltaban herramientas para abordar un texto de esa dimensión. Estudié con otros maestros y años después volví a Miguel. Lo encontré a la salida de un espectáculo del grupo Caviar, de Jean-François Casanovas. ¿Cómo estás, Miguel? Le pregunté si seguía dando clases. Sí, todos los lunes, como siempre, me dijo. Fui. Había que preparar un texto, y elegí un Beckett, por supuesto. Desde entonces, todos los lunes seguí aprendiendo con él. Hasta que se murió. Creo que entre las cosas que me dejó está el placer del estudio. Tengo gusto por la dificultad. Siempre estoy ingresando en un mundo que desconozco. No sé si debo decirlo, pero me gusta ser alguien que está en constante estado de aprendizaje. Como actriz necesito ingresar en mundos donde algo me resuene, pero nada esté del todo resuelto. Miguel sabía que quería contar de sí mismo y del mundo con cada texto que ponía en escena, aunque hubiese sido escrito cien años atrás. Hacíamos Beckett, Copi, Eurípides, Shakespeare, Chaucer, alguna adaptación de Kafka. Después empecé a hacer mis programas de televisión y mis proyectos teatrales, que en algún caso tuvieron un rasgo más comercial. La televisión puede ser fantástica, muy divertida, pero no estás frente a la misma riqueza de materiales.

- ¿Tu padre?
- Mi padre era aviador. Militar. Pero volaba aviones comerciales. Siempre trabajó en la Fuerza Aérea. No me apoyó desde el comienzo en mi carrera. Después sí. Qué seguridad tenés, decía. Dónde irás a trabajar. Muchos años más tarde me confió que si algún día volvía a nacer sería artista como yo. Le gustaba mucho la música, le gusta todavía hoy. Canta. Voló un tiempo el avión presidencial, fue instructor de vuelo. Pero ya no. Hace cuatro años sufrió un accidente cerebrovascular. No habla, casi. Sólo palabras sueltas. Pero sí canta. Eso es una maravilla. Para los dos.

- Los misterios de la neurología.
- Sí. No puede hablar. No puede llamarme, no puede pronunciar siquiera mi nombre. Pero sí puede cantar. Tangos y boleros. Tocaba la guitarra, nosotras lo escuchábamos arrobadas. Ahora quiere hacerlo, pero no puede rasgar la guitarra por sus problemas motrices. Se defiende con todo aquello que pertenece al mundo emotivo: la música, las películas. Aquello que viene con la memoria emocional. Si escucha una melodía la recuerda inmediatamente. No tiene que pensar, no tiene que producir sentido. A veces parece murmurar, como en un rezo. Cuando nadie lo espera, canta: "Mi Buenos Aires querido, cuando yo me vuelva a ver?". Cuando yo me vuelva a ver. Es divino. Y de pronto dice... Carla. [La pausa es breve, lo suficiente para que la mirada empiece a alejarse en busca de algún recuerdo.] Guapa... [Pronuncia esa palabra con ligera perplejidad, envuelta en una bruma o en un sueño, insegura de que aquello que evoca sea del todo cierto.] Dice guapa, ¿podés creer?

- ¿Mirás películas con él?
- Sí. Lo llevo al teatro y a escuchar música, también. Viene a todos mis estrenos, por supuesto.

- ¿Cómo fue él durante la infancia?
- Muy divertido. Papá tiene mucho sentido del humor. Buen mozo, ojos azules, gracioso. Instructor del Boeing y del Airbag. Me llevaba a volar con él. Imaginate: mamá con tres hijos a cuestas, llevátela, por favor. Iba en la cabina, a veces volábamos en el avión presidencial. Tango 01 y Tango 02. Mi papá volaba. Yo me dejaba fascinar por todo. Los perfumes, las toallitas húmedas, esas tonterías que pueden fascinar a las nenas. Estuvo en el caso LAPA, también; fue absuelto. Pero ése fue un momento muy difícil.

- Subir a un avión no debe ser cualquier cosa para vos, entonces.
- No, cada vez me da más miedo.

- Porque no lo vuela tu padre.
- Es posible.

- ¿Pendientes en tu carrera?
- Pendientes tengo muchas cosas, cosas que me esperan, ojalá. Quiero volver a hacer teatro en algún momento. Teatro clásico, quizá. Me gusta el teatro por la reunión, por la ceremonia. Me gusta por los actores con quienes comparto la escena y por los directores, a quienes tanto me gusta escuchar.

- El teatro, además, permite una indagación personal más profunda que la televisión.
- Hay una búsqueda distinta, eso es cierto. Es muy difícil transformarte en la televisión, llegar a las zonas más profundas de un personaje. Dependés más de los demás. En el teatro te adueñás del texto con mayor facilidad y no hay más artilugio que el que propone el director. Es un hecho artístico más íntimo. En la televisión y en el cine es más difícil encontrar a ese personaje. En el teatro me deshago de todo, busco un lenguaje físico, es como si me dispusiese a abandonar la lengua materna y a aprender un idioma que desconozco. El teatro tiene además la potencia de lo efímero. Es la mentira más grande de todas. Magia pura. Engaño absoluto. Puro presente.

- Un presente irrepetible, además. Cuesta a veces ver partir a los grandes actores, aceptar que no los veremos en escena nunca más.
- Es así. Yo lo vi a Walter Santa Ana haciendo Krapp, la obra de Beckett. Salí llorando esa vez. Se me acercó Juan Carlos Genet para preguntarme qué me sucedía. Walter se fue, Genet también se fue. Me emocionan los actores. [Al temblor de la voz le sigue el correr lento de lágrimas que no esperaba. No es llanto. Apenas un dolor suave, un dolor muy hondo por las cosas que se pierden y no vuelven jamás.] Adoro a los actores argentinos. Disfruto intensamente viéndolos actuar en cine y en teatro. Actores hechos acá. Son parte de una memoria que queda en alguna parte.

- ¿Y Gaspar?
- Gaspar, mi niñito. En enero cumple un año. Es algo que voy descubriendo. Es rarísimo ser madre y actriz. Es muy difícil desplegar el trabajo en soledad del actor: la preparación de un personaje, la lectura en silencio de un texto, el pequeño ensayo en casa. Tengo 40 años y es mi primer hijo. Me había acostumbrado a estar a solas conmigo misma. Pero lo disfruto enormemente. Me mira en la tele, claro. Mamá, dice, y apunta a la pantalla. Le gusta mi disfraz de azafata. Porque mi personaje en Guapas es el de una azafata.

Dice Carla, la azafata. La hija del aviador que, cuando ella era apenas una niña, una noche le regaló la Luna.



MOMENTOS

La biblioteca de Gaspar

"Gaspar está siempre allí, ocupa los espacios y el corazón de todos. Es una maravilla para una mujer que, como yo, siempre tuvo el sueño de ser madre." Carla dice que la actriz, que hasta hace algo más de un año podía ensayar en voz alta a solas o demorarse en la lectura de un texto, ya no tiene esos privilegios. Tiene otro: el de ser madre. Y el de enseñarle a su hijo el mundo a través de los libros.

"Si mirás la biblioteca vas a ver en el último estante los libros de Gaspar", dice. Son los libros con los que comienza a percibirse y a entender el mundo. Elefantes, jirafas y peces. Soles, lunas y estrellas. Libros que pueden tocarse y palparse, con texturas y colores encendidos.

En los estantes superiores están los libros adultos: de economía, historia o filosofía; novelas y teatro. Pero en el inferior están los libros infantiles. Que traen las primeras palabras para nombrar las cosas. Para indagar el mundo y para comprenderse a uno mismo. Para viajar -imaginación mediante- a la Luna o al mismísimo centro de la Tierra.

BIO


Profesión: actriz

Edad: 40 años

En el comienzo fue Montaña rusa, pero sobre todo Lalola y Los exitosos Pells. Con estas intervenciones televisivas Carla Peterson ganó popularidad y se convirtió en una de las actrices más cotizadas de su generación. En teatro, tras años en la Compañía Shakespeare, se lució en Corazón idiota (con Griselda Siciliani) y La guerra de los Roses (con Adrián Suar).

Vía La Nacion

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