25 abr. 2015

[NOTA] Un enigma llamado Vanda • Venus en Piel

Por Verónica Pagés  | Para LA NACION

Venus en piel / Autor: David Ives / Versión: Fernando Masllorens y Federico González del Pino / Dirección: Javier Daulte / Elenco: Carla Peterson y Juan Minujín / Escenografía: Alicia Leloutre / Iluminación: Matías Sedón / Vestuario: Ana Markarian / Asistente de dirección: María Garaventto / Sala: Pablo Neruda del Paseo La Plaza / Funciones: de miércoles a domingos / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: buena



Tiene doble filo. Venus en piel tiene doble cara. Una que muestra y otra que oculta (a lo sumo, insinúa). Una que se ríe a carcajadas, otra que se desdibuja en una mueca que puede ser siniestra. No es tan erótica ni juega tan explícitamente con el sadomasoquismo como se desprende de los afiches y de la publicidad. Pero lo que sí hay, sobre todo, es suspenso; bien podría decirse que es un thriller.

Carla Peterson es Vanda, una actriz del montón que llega con lo justo a un casting para protagonizar una adaptación del libro de Sacher-Masoch (padre del masoquismo). El adaptador-dramaturgo-director (Juan Minujín) es renuente a recibirla, pero la simpatía, la torpeza y, luego, el talento secreto de la actriz lo convencen.

Nada hacía prever que ese ser atolondrado y desaforado pudiera decir los textos como los dice. Tomás, el escritor en cuestión, se queda de una pieza. Vanda entra y sale del personaje con una facilidad y una ductilidad que lo sorprende, que lo envuelve. Y empieza un juego de seducción en el que la historia de la obra que están "pasando" se empieza a entremezclar con la de ellos en la realidad.

Basta un cambio de tono en el decir de Vanda para que el espectador interprete de qué lado están del escenario cada vez. Entran y salen, pero en forma espiralada. Vanda -aparentemente ingenua y bonachona- va cercando a Tomás, que cada vez está más atrapado (es cierto que, al principio, es por propia voluntad).

Y entonces deja de suceder una cosa y empieza a pasar otra. Y todo cambia de clima, de tono, de color. Las risas van aflojando y aparece cierta tensión entre el público (aunque hay más de uno que se esfuerza por seguir riendo).

Javier Daulte hizo lo mejor que podía hacer para que este trabajo llegue a buen puerto: contar con Carla Peterson para el personaje de Vanda. Daulte la lleva de a poco hacia ese otro yo que el personaje esconde. Es difícil lo que logran juntos, ya que es ella, realmente, la que lleva sobre la espalda toda la responsabilidad de que la obra funcione. Peterson tiene herramientas de sobra para meterse en los dos personajes que interpreta y para ir combinando intensidades en uno y en otro. Es ese rol el que lleva las de ganar: es más esforzado, pero luce. En cambio, el que interpreta Juan Minujín es más lineal, tiene menos vericuetos para investigar. Así y todo, lo lleva muy bien y lo hace dialogar cómodamente con las pruebas a las que lo somete la cada vez más temible Vanda.

Así, Peterson y Minujín le ganan a la obra, que pareciera que los corre desde atrás. Con el transcurso de la historia, ellos se imponen en su tarea como actores por sobre la pieza, que va perdiendo peso a medida que -paradójicamente- va ganando en espesor. Es más interesante verlos a ellos actuar que tratar de desentrañar hacia dónde está virando todo. Tanto es así que el final llega sorpresivamente, como apresurado; todavía hay algunas incógnitas que no terminan de cerrar.

El equipo técnico con el que contó el director es impecable. La escenografía (Alicia Leloutre), el vestuario (Ana Markarian) y, sobre todo, las luces (Matías Sedón) suman -y mucho- a una historia que seguramente con el correr de las funciones encontrará su propio ritmo, su propia organicidad.

Vía La Nacion

1 comentario:

rocio dijo...

Carla es excelente actriz,pero es buena la obra?vale la pena verla?